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¿Quién Tiene la Razón?

Publicó una foto mía con la boca llena sin preguntarme

Dilema de la redacción18 de octubre de 2026· Sé el primero en votar

Historia inventada por la redacción para abrir el debate, no un testimonio real.

Mi versión

En un picnic con amigos, una amiga tomó una serie de fotos del grupo. En una de ellas salgo de perfil, con los cachetes inflados por un mordisco enorme de empanada y los ojos medio cerrados. Esa misma noche la publicó en Instagram, en primer plano, con el texto “El momento en que vio el postre”. Le dieron like trescientas personas. Entre sus seguidores hay varios compañeros míos del trabajo. Le pedí, amablemente, que la quitara, o al menos que la cambiara por otra. Me contestó que salgo “muy graciosa”, que me tomo todo demasiado en serio, y que no iba a borrar su foto con más likes del año.

La versión de la otra persona

Mi amiga explica que la foto es tierna, no burlona, y que todos se rieron, incluso en los comentarios. Ella misma publica muchas veces fotos suyas poco favorecedoras, y le parece sano no tomarse tan en serio. Según ella, borrar la foto ahora, después de tantas reacciones, sería raro. Propone, en cambio, quitar el texto.

Entonces, ¿quién se equivocó?

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“Me gustaba más antes” en su foto: me eliminó de sus amigos

Una amiga publicó una foto con su nuevo color de pelo: un pelirrojo muy intenso, después de años de castaño. Se veía feliz. Comenté, creyendo que era graciosa: “¡Qué atrevida! Pero me gustaba más antes”, con un jajaja al final. Entre nosotras siempre nos echamos bromas, es nuestro humor. Una hora después, mi comentario había desaparecido. Al día siguiente vi que me había eliminado de sus amigos. Sin una palabra, sin un mensaje. Me pareció exagerado por una bromita. Le escribí para disculparme si la había lastimado, pero no me contestó.

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Mi mamá comenta todo lo que publico y le pedí que parara

Tengo treinta y cuatro años, y mi mamá comenta todas mis publicaciones. Todas. Una foto de mi café: “Acuérdate de comer algo más que café, mi amor.” Una foto de vacaciones: “¿Te pusiste protector solar?” Una publicación profesional sobre un proyecto del trabajo: “¡Felicidades, mi bebé, qué orgullo!” Mis contactos de trabajo ven todo. Le pedí, con cariño, que me mandara sus mensajes en privado en vez de comentar. Me dijo “está bien”, pero con un tono que quería decir lo contrario. Desde entonces no comenta nada, no pone ni un corazón, y mi papá me contó que está triste.

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Me salí del grupo de WhatsApp de la familia y mi tía está dolida

El grupo de WhatsApp de mi familia tiene veintitrés personas. Cada mañana, mi tía manda una imagen de “Buenos días” con rosas y brillitos. Luego vienen los videos de animales, los chistes, las fotos de platos y los debates sobre a qué hora es el almuerzo del domingo. Ochenta mensajes al día, a veces más. Mi celular vibraba en plena reunión. Un día me salí del grupo, discretamente. Bueno, todo lo discreto que se puede: la aplicación muestra “salió del grupo” para todos. Mi tía me llamó, herida, preguntándome qué me había hecho. Le dije que seguía disponible por mensaje directo. Para ella no es lo mismo.

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Le corrijo la ortografía de sus historias por mensaje: ¿soy pesado?

Tengo un amigo de toda la vida que sube muchísimas historias: sus platos, su gato, sus reflexiones de la noche. Muchas veces con faltas de ortografía. “Haber si les gusta”, “hay les va mi receta”. Me arden los ojos. Así que, cada vez, le mando un mensajito privado, con cariño, con la corrección y un guiño. Nunca en un comentario público, siempre en privado. Pensaba que le hacía un favor, como un corrector voluntario. Pero al final me contestó: “¿Puedes solo ver mis historias sin calificarlas?” Y me ocultó sus historias. Me siento un poco castigado por querer ayudar.

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